martes, 12 de junio de 2012

Verdades sucias


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Hombre de lengua afilada que al corazón blando asustas,
miran almas con ojos ciegos pero tu ya no las buscas,
pues es carne lo que ves y de carne te alimentas.
El tesoro más preciado, el que escondes entre piernas
y palabras más bonitas, las que al besarme tientas.
Pues para besar sirve su lengua y no para contar mentiras,
que lo que no cumplen tus gestos, tus palabras no lo afirman.
Y tu amor no se demuestra con frases de amor vacío,
sino con brazos que a tientas buscan el calor prohibido.

domingo, 20 de mayo de 2012

Reflejo

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Mis ojos ahogados en lágrimas mientras veo mis alegrías y mis pesares alejándose de mí y dejándome vacía. No siento nada, y todo lo que pudiera sentir se escapa entre mis dedos húmedos por la lluvia que cae, que parece burlarse de mí orquestrando mi desolación con el repiqueteo de las gotas sobre el paisaje yermo en el que me encuentro. ¿La desolación es un sentimiento? No lo se. Ya no. Y si lo es, está vacío, como yo. El sol se pone y siento que los dos pilares que sostenían mi mundo desaparecen sin dejar rastro, pues ya no se que me causa dolor. Ya no se que me hace feliz. Mi día y mi noche se difuminan hasta desaparecer sin dejar rastro, abandonándome a mi suerte en el ocaso de mi soledad. Y me siento débil mientras deja de llover, sin rumbo ni camino fijo. Sin ganas de nada ni de nadie. O de alguien. No lo se. Ya no. Y el vacío se acentúa mientras el cielo anaranjado se refleja en el suelo lleno de charcos. Y ahí, entre los reflejos del agua turbia, estoy yo. Mi rostro cubierto en lágrimas, y nada más. Sólo yo. Nadie más. Sola, única y genuinamente... yo.

Y en aquel lindar crepuscular, mientras el sol se ocultaba perezoso, pareció cambiar de opinión sobre su rumbo. Y de repente me encontré en pleno amanecer. Cuando los primeros rayos del sol bañaron mi rostro, su luz me cegó un momento y su calor abofeteó mi rostro para sacarme de la tamaña mentira en la que se había transformado mi vida. Y entonces vi con claridad. Pude ver mis piernas, jóvenes y fuertes, y descubrí que no estaba sola, que las tenía a ellas y a su promesa de llevarme allá donde quisiera. Y sonreí al ver mis manos, sedientas e impacientes por ayudarme a escalar hasta la más alta de las cimas. Y oí el latir de mi corazón, que con cada nueva pulsación me recordaba que estaba viva.

Entonces la oí. Aquella voz silenciosa. La voz del mundo, esperando. Esperándome a mí, con palabras de compasión escritas en los ojos y una mano tendida en mi dirección, aguardando el momento en que la tomara y me dejara envolver por su abrazo. Suspiré, mientras rechazaba aquella mano, levantándome y dejando que mi cuerpo la pasara de largo. No necesitaba ayuda. Ya no. Y dí un paso hacia adelante, y luego otro y otro más, rompiendo la quietud de los frágiles charcos a mis pies. Y volví a verme reflejada en ellos. Y al ver aquel nuevo brillo en mis ojos, no pude evitar que una suave risa se escapara de mis labios. Ahí no había más que el valor reflejado en aquel que siempre había sido mi rostro, y que sin embargo parecía tan diferente. Me vi, con una sonrisa segura y aquella luz del amanecer arrancando destellos a mi piel, y nada más. Sólo yo. Nadie más. Sola, única y genuinamente... yo.

Robles y brisas

Regresión a una lírica romanticista, propia de una época de mi vida que parece ya neolítica. Y sin embargo, hay momentos en los que el drama y la pasión de aquellos tiempos parecen volver a cobrar vida y arrancan palabras grabadas en fuego, recuerdos de memorias que ya parecían olvidadas. Y las escribes. Y sonríes con melancolía mientras te dices: "Aún no has aprendido nada, pequeña idiota. Sigues igualita que entonces."


Haré de mi alma un roble de nobles pensamientos que el roce de tu piel queme a fuego lento. Y tus palabras, susurros en el viento, avivarán las llamas de mis sentimientos. Y así, quemaré cuando te acerques, suave brisa, y me apagaré cuando te alejes y te niegues a alimentarme con tu aliento. Y me sentiré morir por tí, por tu libertad y la forma que tienes de desaparecer entre mis ramas, avivando las ascuas de mi corteza marchita.

Y así un día, cuando el fuego se apague y no quede qué quemar, rodeada de pena y ceniza; me daré cuenta de que mi corazón amaderado de fuertes y firmes raíces sigue en pie. Y nuevas hojas brotarán de entre mis frágiles dedos, y mis ojos brillarán bajo la luz de un nuevo sol.

Y tu perfume, con la brisa, se enredará en mi cabello y buscará en mi pensamiento nuevas chispas que encender. Pero tus ojos, como el viento, son ciegos ya y no pueden ver.